El invierno macrista y la miseria planificada

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En los márgenes de las ciudades las familias expulsadas del sistema se amontonan. Son cada vez más los que no pueden pagar el alquiler y se quedan sin trabajo. Un asentamiento en Santa Rosa desnuda el lado más crudo del invierno macrista.

En las orillas de las ciudades, en recovecos inmundos que nadie reclamaría para sí si no fuera porque un día se dieron cuenta de que alguien los ocupó, o al decir de Galeano y peor aún: los "nadies" los ocuparon. Allí van creciendo las villas de la miseria programada por CEOS devenidos en gobernantes. Por el poder real convertido en gobierno a través del voto popular.

 En Santa Rosa unas 70 familias se trasladaron a terrenos municipales, donde antes hubo una suerte de relleno sanitario y levantaron sus precarias viviendas. Chapas, plásticos, lonas, cartón, hacen de paredes para precarios refugios sin servicios y con improvisadas estufas para poder resistir las noches del crudo invierno pampeano. De la tierra emergen bolsas, botellas y hasta jeringas, junto a otros residuos patológicos.

La oscuridad absoluta a campo abierto y el frío polar proclaman como partícipe necesario al fuego. No hay otra manera de sobrevivir y -en estos casos- son tan riesgosas las bajas temperaturas como las formas de calefacción posibles. Las frazadas y ropa de invierno, las ollas populares, tienen la impronta de los vecinos y organizaciones sociales que durante el día se acercan a colaborar.

Las historias que se escuchan comparten conflictos y contextos. Trabajadores de la construcción desempleados, madres de niños pequeños que no consiguen trabajo, familias expulsadas del último alquiler que no pudieron seguir costeando, otros que vivían hacinados con familiares y amigos hasta que la cosa no dio para más. Todos esperan desde hace años por una vivienda estatal que desde el vamos saben imposible en el corto plazo: el gobierno de Mauricio Macri no destinó fondos para barrios sociales en estos años y la provincia asegura que sólo podrá construir si el gobierno nacional hace efectivas sus deudas.

Para los que no tienen nada -incluso esas tierras- poco auspiciosas para negocios inmobiliarios, pueden ser el único lugar en el mundo. En esos márgenes se van consolidando los únicos brotes de la gestión macrista. No son brotes verdes, no derraman riqueza, son brotes de la desvergüenza, del despilfarro que deja la huella de la bicicleta financiera. No llegarán hasta allí las promesas de la nueva campaña, no hay timbre para tocar ni  terreno fértil para cosechar ilusiones basadas en un segundo semestre tan auspicioso  como reacio a manifestarse. 

¿Hay algo más inmoral que la inequidad que genera este sistema donde algunos comen y otros miran? Donde algunos sueñan y otros sólo quieren dormirse para sentir alivio. Donde un par se vuelven impúdicamente más y más millonarios  a cada segundo con los recursos que son de todos y  millones no pueden "parar" la olla.

En estos márgenes de la sociedad los niños -a pesar de todo- siguen soñando, corriendo atrás de una pelota improvisada pensando en Messi. Allí un hombre joven programa trabajar dentro de las cuatro paredes de machimbre que intenta levantar para instalar unas máquinas de coser que le den de comer a él y su madre. Al lado de las paredes a medio terminar por la falta de material, los restos de un R12, sin ruedas ni motor, lo albergan durante la noche. Quizás mientras espera el amanecer imagina un futuro mejor con comodidades suficientes como para que su hija pueda estar con él (por suerte tiene donde dormir, con su mamá, dirá).

La pobreza desenfrenada del neoliberalismo es un gigante que avanza voraz, es un monstruo que devora a cada instante familias completas, niños, niñas, laburantes, sueños, sin que nadie diga nada. Este gigante es invisible y nosotros -por si acaso- desarrollamos la capacidad de volvernos ciegos. Aunque también la de organizarnos. ¿Cuál primará esta vez?

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